Tres décadas de trayectoria avalan al transformista vizcaino, cuyo espectáculo en la Semana Grande bilbaina ya forma parte del imaginario colectivo de unas fiestas no exentas de algún contratiempo
Reconoce sin tapujos que no es precisamente el alma de la fiesta: ni bebe, ni trasnocha ni le gusta el barullo. Y, sin embargo, lleva tres décadas convertido en uno de los rostros más reconocibles de las fiestas vizcainas. Una paradoja. O una contradicción que deja de serlo al descubrir que, para Asier Bilbao (Bedia, 1967), la juerga de los demás es su puesto de trabajo. “Para mí, trabajar es lo primero; todo lo demás, secundario”, sentencia.
Eso sí, el de Asier Bilbao no es un curro al uso. Implica cantar en directo —por eso, entre otras razones, no se permite ningún tipo de exceso—, ejecutar coreografías elaboradas y echar mano de una buena dosis de chapa, pintura y lentejuelas. Y una cosa más: asumir que los imprevistos forman parte del oficio y aprender a salir del paso. Tres décadas sobre los escenarios dan para acumular unas cuantas historias. Asier Bilbao recuerda con DEIA una de las que más le han impactado, ocurrida durante el espectáculo que ofrece, edición tras edición, en Aste Nagusia, en La Pérgola del Parque de Doña Casilda, un espacio que, dice, “cualquiera diría que está pensado para el transformismo”.
“Justo cuando me tocó salir, una de las pobrecitas se desmayó. Se cayó patas arriba y llegué a pensar que era imposible sacar a esa mujer de allí”
Asier Bilbao – Showman y transformista
Asier Bilbao en el Pub Key Markel Fernández
Imagínense la estampa: es una noche tórrida, con temperaturas insólitas para una madrugada de finales de agosto en Bilbao. La carpa de lona que cubre el escenario no ayuda precisamente a aliviar el sofoco. En primera fila destaca un grupo de chicas. Son fans acérrimas del cantante que, como las groupies de las grandes formaciones de rock, le siguen de escenario en escenario. “Justo cuando me tocó salir, una de las pobrecitas se desmayó. Se cayó patas arriba y llegué a pensar que era imposible sacar a esa mujer de allí”, señala Asier Bilbao, quien confiesa que se agobió muchísimo en aquel momento. Por fortuna, apenas habían transcurrido cinco minutos cuando apareció una ambulancia que atendió a la mujer in situ, para alivio del showman. “Se despejó un poco y la tía volvió a plantarse en primera fila. Es una fan acérrima, ella y sus ocho amigas”, señala entre risas.
Con el tiempo, aquel susto ha acabado convertido en una de esas anécdotas que se recuerdan con cariño. Para narrar otra de las que cuenta con más frecuencia —una que, por cierto, le enseñó una valiosa lección—, el escenario se traslada de una Aste Nagusia con temperaturas de récord a una verbena nocturna en un pequeño pueblo de la Bizkaia rural.
Un tacón, un sendero y una sorpresa
Uno de los mayores tierra, trágame de Asier Bilbao tuvo lugar en el pórtico de una iglesia de un barrio de un pueblo de cuyo nombre no quiere acordarse. Y no es una exageración gratuita. “Había que cruzar como 25 metros de terreno, cubierto de hierba, y de noche”, adelanta el transformista. Asier se calzó unos taconazos y se dispuso a cruzar el camino que separaba los camerinos del templo sacro, consagrado por una noche al travestismo.
Quien firma esta crónica desconoce si ustedes son de campo o asfalto. Una breve anotación para los segundos: en ese territorio ignoto que es el mundo rural no abunda precisamente la iluminación artificial. Por ello, el artista no reparó en el obstáculo que se interponía entre él y su destino: una mierda de vaca de dimensiones similares a la catedral de Burgos. O a la de Sevilla, todavía más imponente. “Resbalé y puse toda la mano, entera, en el regalo. Iba montado: la peluca, el maquillaje… y la mano llena de mierda. Hasta el sobaco”. Este Servidor sospecha que, al rememorar el tropiezo, todavía es capaz de evocar el aroma que desprendía el… regalo.
¿Qué cómo consiguió salir airoso de aquella? Con mucha escuela. Porque el resbalón ocurrió poco antes de que sonaran las notas de la primera canción del repertorio. “Tenía la mano llena de mierda, alguien trajo unos papeles, me los puse, el olor era horrible… Cosas que pasan”, zanja. Desde entonces ha vuelto a actuar en lugares similares, donde muchas veces no se dispone de los mismos recursos que en Aste Nagusia. “Y lo entendemos”, puntualiza. Ahora señala que no ha vuelto a pisar un césped en tacones. Por si acaso.
Noches prohibidas en el Key
Asier Bilbao no se dedica únicamente al mundo del espectáculo. También está al frente del Pub Key, situado en la calle Cristo, un negocio que asumió en 1992. Compagina el trabajo tras la barra con el espectáculo sobre el escenario, en ocasiones acompañado por ilustres invitadas. Una noche da para mucho. Además, suele ser el caldo de cultivo idóneo para seguir acumulando historias a un repertorio que ya parece el Libro Gordo de Petete.
Por fortuna, destaca que como hostelero no ha tenido que enfrentarse a situaciones particularmente problemáticas. De hecho, desde que tomó las riendas del negocio, solo ha tenido que solicitar presencia policial en una ocasión. “En general, me he reído mucho con las cosas que han pasado aquí”, asegura. Entre ellas, y en tono de crónica rosa, desliza que durante las horas de menor trasiego se han dejado ver por el Key personas que todos conocemos y que, normalmente, suelen evitar la exposición pública. Y hasta ahí puede leer.
Señala que, en la década de los 90, también fue testigo de arranques de celos y escenas a la altura de las mejores telenovelas. “Las parejas de mariquitas se pegaban por celos, por esos amores incomprendidos, por el ahora has mirado a aquel y, de repente, un paraguazo”, relata. El Key no cierra por Aste Nagusia, aunque este próximo martes, día 25, su esencia se trasladará a La Pérgola. Después, no busquen a Asier en las txosnas. Como saben, no es hombre de excesos. Él se encargará de hacerles disfrutar con su espectáculo y, cuando baje del escenario, dejará que sean ustedes quienes sigan gozando de Marijaia.




