Lova Lois, exmiembro de la formación, recuerda con cariño su paso por un ecléctico festival que tuvo lugar en la capital nipona hace ya algunos años: “Fue increíble verles cantar en euskera”
Ya había actuado en plazas importantes del Estado y Euskal Herria, pero Lova Lois (Erandio, 1999) recuerda con especial cariño aquel julio de 2024 en el que conquistó Japón como vocalista de la mítica formación euskaldun Esne Beltza. Fueron dos conciertos: el primero, el 26 de julio en Tokio; el segundo, en el prestigioso Fuji Rock Festival, donde el grupo vasco compartió cartel con artistas de la talla de SZA y Noel Gallagher. “Fue increíble verles cantar en euskera con tanta pasión”, recuerda la polifacética artista vizcaina.
Precisamente en la capital nipona tuvo lugar una de las anécdotas más desternillantes de su carrera, en concreto, en un bar consagrado al rock. Imagínese un espacio amplio, con vinilos colgando de las paredes negras y una barra de madera maciza. “Cuando entramos, nos alegramos de ver que todas las cosas estaban en inglés, porque, al menos, podíamos entender algo y saber qué estábamos pidiendo”, recuerda Lova.
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Mientras se acomodaban, uno de los integrantes de la banda reparó en una campana de grandes dimensiones. “Estábamos hablando con los camareros, que eran muy majos, y nos dijeron: Sí, sí. Tócalo”. Y lo hizo. Con todas sus fuerzas. Los parroquianos del garito entraron en éxtasis y los camareros comenzaron a despachar chupitos de Jägermeister desde un dispensador que tenían por allí. “Y, bueno, nosotros salimos partiéndonos el culo y tal. Y uno del grupo me dice: Va, Lova, ¿qué ha pasado? Venga, cuéntanoslo. Me empieza a grabar y yo, con cuatro chupitos en las manos, porque alguno no quería. Y nada, que nos han invitado, que hemos tocado el cencerro, no sé qué…”, relata.
De pronto, se fija en un cartel adherido a la pared en el que se indica que quien ose tocar el cencerro ––o la campana, según se mire–– se verá en la obligación de convidar a chupitos a todas las personas que se encuentren en el local. “No podía parar de reírme a carcajadas. Y me dice: ¿Pero qué te pasa? Y le contesto: Que acabamos de invitar a chupitos a todo el bar”, cuenta entre risas.
“Estar cantando delante de 500 japoneses y que todos estén cantando en euskera a grito pelado me pareció tan surrealista como precioso. Comprobar que el euskera puede llegar tan lejos me explotó la cabeza”
Lova Lois – Artista
Lova Lois utiliza el amor como arma Natalia García Zamora
Así concluye una de las anécdotas a las que los integrantes de Esne Beltza regresan una y otra vez cuando recuerdan aquel viaje, que a Lova también le sirvió para comprobar que el euskera tiene un poder de atracción capaz de trascender sus fronteras: “Estar cantando delante de 500 japoneses y que todos estén cantando en euskera a grito pelado me pareció tan surrealista como precioso. Comprobar que el euskera puede llegar tan lejos me explotó la cabeza”.
A este lado del globo terráqueo, Lova Lois también ha sido protagonista de unas cuantas situaciones surrealistas. Y es que la artista vasca confiesa que, en ocasiones, se pregunta si su vida podría ser una suerte de guion escrito por Almodóvar. En esta ocasión, comparte con ustedes uno de sus momentos de tierra, trágame más divertidos.
Tuvo lugar en Madrid, en unas jornadas animalistas donde ofreció un concierto que forma parte de su particular listado de recuerdos tronchantes. Cuenta que en todos los bolos sigue una suerte de guion en el momento de presentar las diferentes canciones del repertorio. Una de ellas, Sambala, retrata un mundo idílico, donde los habitantes viven felices y en paz y donde los gobernantes tienen empatía e inteligencia emocional. “Vamos, que son personas y no ratas, que es lo que tenemos ahora, ¿no? Y bueno, en un evento animalista, imagínate decir eso. Pues de repente saltó un amigo mío diciendo: No, Lova, pero es que las ratas también son amigas, tal. Y yo: Uy, perdón, perdón.
La noche de los móviles viajeros
El escenario parece un espacio propicio para la anécdota. Al menos, así es en el caso de Lova Lois. A propósito de lo anterior, recuerda otro momento, esta vez junto a Esne Beltza, en el que tampoco supo muy bien dónde meterse. El grupo estaba en pleno concierto y el público, en éxtasis. Desbocado. “Estábamos todos tan arriba de emoción que los seguratas empezaron a pasarnos móviles del público”, recuerda, todavía atónita.
“No me había pasado nunca que, de repente, un segurata te pasara un móvil. Y yo: ¿Qué hacemos? ¿A quién se lo devuelvo? No lo cogí, pero fue como que, de repente, las neuronas estaban cortocircuitando, ¿sabes? ‘¿Qué se supone que tengo que hacer?’. Pero nada, bien”, señala, risueña.
Lova Lois sonríe. Y mucho. De voz dulce, transmite una paz serena que hace que quien firma estas líneas vuelva a confiar, por un instante, en la bondad del ser humano. Precisamente, la paz, la esperanza y, sobre todo, el amor son los motores de su carrera y de su vida. Y es que la artista tiene una misión: llenar de amor el mundo. Lo hace a través de diferentes disciplinas, porque Lova se mueve con soltura entre la música, la poesía, la escritura ––es autora de 88 gajos de vida (Zorrotz, 2025), donde reivindica la urgencia de prestar más atención a la salud mental–– e, incluso, la fotografía.
“Según he ido creciendo, primero con la escritura, luego con la música y con la fotografía, como que todo ha sido por un deseo que tenía desde que era pequeña: ya sé que cambiar el mundo es muy complicado, así que al menos traer un poco más de amor a mi entorno. A mi pequeño mundo. Y bueno, ese ha sido el nexo de unión”, explica.
Por si todo ello fuera poco, actualmente está inmersa en un proyecto que, confiesa, le hace especial ilusión. “Me he embarcado en un videopodcast que se llamará Habla chucho que yo te escucho, en el que volveré a poner el foco en la importancia de la salud mental. Todavía estoy desarrollándolo, pero estará listo muy pronto”, concluye la artista.




