Los influencers también lloran

Tras la travesía a bordo del navío Targaryen fletado por HBO Max, varios creadores de contenido compartieron una cena con DEIA en la que hablaron de los peajes de vivir de internet

Acumulan cientos de miles, cuando no millones, de me gusta en sus publicaciones y arrastran auténticas legiones de seguidores que observan cada uno de sus movimientos desde el otro lado de la pantalla. No hay duda: los influencers son las celebridades del siglo XXI. Admirados por muchos; cuestionados, señalados e incluso despellejados por otros tantos. Como ocurriera con Lola Flores en sus mejores tiempos, despiertan pasiones difíciles de conciliar.

Con motivo del estreno de la tercera temporada de La casa del dragón, una nutrida delegación de creadores de contenido se trasladó ayer hasta Bermeo para surcar el Cantábrico a bordo de un navío inspirado en la casa Targaryen. Después, tres de ellos compartieron mesa con la prensa en una cena en la que hablaron, entre otras cosas, de los peajes de vivir de internet.

Sobre la cubierta del Atyla todo parecía perfecto. Las fotografías y los vídeos que hoy se suceden en sus redes sociales dan buena cuenta de lo espectaculares que eran sus estilismos y de lo mucho que disfrutaron de la invitación de HBO Max. Pero, cuando los focos se apagan, se encienden los miedos, las inseguridades y la cara más ingrata de una vida permanentemente expuesta al escrutinio ajeno. No hay maquillaje capaz de cubrir esas heridas.

Decía la divulgadora de mitología y fantasía Nidia Heras (@nidiaheras) que se siente afortunada de haber construido una comunidad integrada mayoritariamente por mujeres y hombres gays y bisexuales. Se define como feminista e intenta, en la medida de lo posible, ser coherente con esa visión del mundo también en las redes sociales. Y, por desgracia, paga esa coherencia en forma de odio. «Si no les gustan mis vídeos, ¿por qué se quedan? Es absurdo», se preguntaba, entre plato y plato, con un deje de ira tiñendo la voz.

Nidia es una de las muchas víctimas de la llamada manosfera, ese ejército virtual integrado, mayoritariamente, por hombres jóvenes que convierten las redes sociales en un espacio hostil para mujeres como ella. Preguntada por cómo gestiona esa avalancha de insultos y amenazas, responde con una resignación que estremece: «Ha llegado un momento en el que ni siquiera me afecta. Después de tanto tiempo en redes, me río de ellos y, eso sí, cuando me faltan al respeto, les bloqueo».

Instagram no paga las facturas; las colaboraciones, sí

Por otro lado, recordó que Instagram no paga las facturas, una afirmación que despertó la aprobación unánime del resto de la mesa. Augusta Thoenig (@thoeing) tomó el relevo para explicar que, al menos en el Estado, las cantidades que abona la plataforma a los creadores de contenido son irrisorias. «En Francia o en Estados Unidos sí es posible vivir solo de las redes; aquí no», sentenció.

La principal fuente de ingresos de muchos influencers sigue estando en las colaboraciones con marcas, que la legislación obliga a identificar de forma expresa en las publicaciones. «Y cuidado, porque ya están empezando a llegar denuncias», advirtió Fran de Solas (@frandesolas), en alusión a quienes omiten esa información. El cerco, concluyó, se estrecha cada vez más.

Pero algunos de sus seguidores, lamentaba Heras, no parecen entender esa realidad. «Te comes 30 vídeos míos gratis todos los meses. ¿Tan terrible es encontrarte con una publi?», lanzaba al aire.

Publicaciones que, en el caso de estos creadores de contenido, son siempre de producción propia y suelen materializarse en vídeos de apenas unos minutos, los conocidos reels. No desprecian el trabajo de otros perfiles más volcados en los bailes o las tendencias virales, pero sí reivindican el valor de un contenido que empieza mucho antes de pulsar el botón de «publicar».

Hablan de lluvias de ideas, elaboración de guiones, jornadas de grabación y, por último, de un proceso de edición que puede prolongarse durante unas cuatro horas. Todo ese trabajo para un vídeo que, en no pocas ocasiones, el usuario despacha con un simple deslizamiento del dedo.

Disociarse de la propia imagen

«Después de tantas horas de edición, a veces me canso de mi cara y de mi voz. Me disocio de mí misma», confesó Heras al hablar del proceso de montaje de sus vídeos. Augusta Thoenig asintió. A ella, reconoció, le ocurre algo parecido. Hay días en los que se siente fea. Incluso horrible. «Pero hay que currar. Si te ves fea, te aguantas. Ya habrá otro vídeo en el que te encuentres mejor», resumió, con una serenidad que decía tanto como sus palabras.

Sobre la cubierta del Atyla, los focos iluminaban armaduras, coronas y sonrisas impecables. Horas después, alrededor de una mesa, las conversaciones hablaban de ansiedad, odio, algoritmos y facturas. Dos caras de una misma moneda. Porque detrás de cada publicación siempre hay alguien que, como cualquiera, también duda, también se cansa y, de vez en cuando, también necesita apagar el móvil.