El sector del txakoli apuesta por la innovación para afrontar un clima cada vez más extremo
No quieren lanzar mensajes alarmistas, pero en el Consejo Regulador de la Denominación de Origen Bizkaiko Txakolina son conscientes de que los episodios de calor extremo han dejado de ser una excepción para convertirse en una realidad cada vez más frecuente. Lejos de resignarse, el sector del txakoli lleva años adaptando el manejo del viñedo e impulsando proyectos de investigación para dotarse de herramientas con las que responder a los desafíos del presente y prepararse para los del futuro.
Así resume la situación que atraviesa el caldo vizcaino Iñaki Suárez, el director técnico del Consejo Asesor de su denominación de origen. “Los viticultores y bodegueros de Bizkaia no son agentes estáticos, sino que llevan tiempo incorporando cambios tanto en el manejo del viñedo como a través de estudios y proyectos de investigación que permitan afrontar los efectos del cambio climático”, sostiene.
Para Andoni Aretxabaleta, responsable de la bodega Magalarte, en Lezama, y vocal del Consejo Regulador, la clave está en mantenerse alerta. Explica que esta campaña enfermedades tradicionalmente endémicas, como el mildiu, están teniendo una menor incidencia que en años anteriores. Sin embargo, el sector se enfrenta ahora a un desafío menos conocido: la sequía. «Hay que aprender, porque parece que esto ha llegado para quedarse y tenemos que aprender a convivir con ello», afirma.
¿Hasta qué punto puede afectar ese estrés hídrico a la cosecha? Aretxabaleta explica que depende en gran medida del tipo de suelo. Recuerda que las abundantes lluvias registradas durante el primer semestre del año permitieron recargar las reservas de agua, especialmente en los terrenos con mayor capacidad de retención. «Pero los suelos menos profundos y más arenosos, junto con las vides jóvenes, cuyas raíces aún no alcanzan grandes profundidades, lo están pasando mal. Quedan dos meses. Si la sequía continúa, evidentemente se verá reflejada en la cosecha», admite.
El objetivo, concreta, es evitar un episodio de estrés hídrico como el registrado en agosto de 2022. Las cosechas de los años 2023, 2024 y 2025 no se saldaron con los resultados esperados. la media histórica de producción suele situarse entre los 5.000 y los 6.000 kilos por hectárea. En las dos últimas campañas, esa cifra apenas ha superado los 4.000 kilos.
Pese a ello, tanto Aretxabaleta como Suárez confían en la capacidad de adaptación del viñedo vizcaino. Esa estrategia pasa por una vigilancia constante del estado de las cepas para reaccionar con rapidez y minimizar el impacto de unos episodios extremos que ya forman parte del día a día.
«Ese trabajo pasa por interpretar mejor el territorio —la altitud, la ubicación y la orientación de las viñas—, profundizar en el conocimiento de los suelos para ajustar las necesidades de cada cultivo y adaptar los sistemas de conducción de la vid con el objetivo de mantener los rendimientos y equilibrar la exposición al sol y la protección de la planta», explica Suárez.
Entre las herramientas de las que dispone el sector para hacer frente al calor, el director técnico del Consejo Regulador destaca el manejo del viñedo. «Tratamos de generar una sombra natural con la propia planta y de mantener su equilibrio sin recurrir a insumos externos, algo que, por ahora, no ha sido necesario», señala. Aun así, admite que, si el cambio climático continúa intensificándose, será necesario seguir adaptando las técnicas de cultivo para preservar tanto la calidad como la producción del txakoli.
Ciclo vegetativo
Para entender el impacto del calor en el viñedo conviene detenerse en el ciclo vegetativo de la vid, que Andoni Aretxabaleta resume en un concepto: el equilibrio. A su juicio, el cambio climático debe analizarse desde una doble perspectiva: la intensidad y la duración de los episodios extremos. «La vid necesita unas condiciones equilibradas: ni déficit ni exceso de agua; ni temperaturas demasiado elevadas, que generan estrés en la planta e incrementan determinados riesgos, ni valores demasiado bajos», explica.
El bodeguero subraya que el viñedo soporta relativamente bien el calor siempre que disponga de suficiente agua. De hecho, temperaturas de hasta 30 o 35 grados no suponen un problema para la planta si puede completar correctamente la floración. El verdadero riesgo aparece cuando los termómetros superan los 37 o 38 grados y el episodio de calor se prolonga durante varios días.
¿Qué ha ocurrido entonces esta campaña? Tras un primer semestre con precipitaciones abundantes, las lluvias han desaparecido y el suelo ha ido perdiendo humedad de forma progresiva. ¿Cómo afecta esta situación a la vid? Como ocurre con cualquier otra planta, el estrés hídrico ralentiza su desarrollo y reduce el crecimiento vegetativo.
Como estrategia de reducción de daños, los bodegueros vizcainos han intentado proteger más a la planta, manteniendo más vegetación para que les dé sombra. De lo contrario, cuando las temperaturas superan los 35 grados, pueden quemarse tanto los racimos como las hojas. “Este año ya hemos visto hojas totalmente abrasadas”, señala.
En definitiva, estas situaciones obligan a extremar la vigilancia y adaptar constantemente el manejo del viñedo. A medida que avanza el ciclo vegetativo y la uva entra en la fase de maduración, que se prolongará hasta finales de agosto antes del inicio de la vendimia, la observación continua resulta fundamental. La experiencia acumulada en las últimas campañas ha llevado al sector a actuar con prudencia y esperar hasta el último momento para determinar la fecha óptima de la vendimia, pero también para comprobar el estado sanitario de la viña.




